Ruba's
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October 24, 2026 · By Chef Ruby Castrejón

No sé si el pan de muerto me encontró a mí o yo a él

No sé si el pan de muerto me encontró a mí o yo a él

Por Ruby Castrejón

No sé si el pan de muerto me encontró a mí o si fui yo quien lo encontró.

Además de ser mi pan favorito, fue también mi primer acercamiento a la panadería. Recuerdo que, cuando estaba en primaria, nos enseñaron a prepararlo. Sin saberlo, aquel encuentro con la harina, la mantequilla y los aromas de naranja y azahar sería el comienzo de una historia que, muchos años después, daría vida a Ruba’s Bakery.

El pan de muerto es mucho más que un pan dulce. Es una tradición cargada de simbolismo, una manera de celebrar la vida a través del recuerdo de quienes ya no están. Aquella primera vez nos explicaron que su forma redonda representa el ciclo de la vida y la muerte; los huesitos evocan a nuestros difuntos y las lágrimas por su ausencia; la esfera central simboliza el cráneo y, según algunas interpretaciones tradicionales, el perfume del azahar guía a las almas en su regreso.

Esa idea de dos mundos que se encuentran, de recordar y honrar a quienes ya partieron, me sigue pareciendo fascinante.

Y quizá por eso me gusta pensar que no fue casualidad que, años después, fuera precisamente el pan de muerto el que diera inicio a mi emprendimiento.

Recuerdo mi casa entre harina, mantequilla, naranja y azúcar. Mis hijos, todavía pequeños, participaban por momentos; mi esposo me ayudaba a formar los panes, atendía los pedidos y salía a repartirlos. Entre bollos, huesitos, risas y cansancio, encontré algo más que una manera de hacer pan: un pequeño ritual para compartir amor a través de la comida. Cada pieza llevaba una intención, algo de mí y de lo que estábamos construyendo juntos.

Así nació mi querido Ruba’s Bakery.

Como panadera, busco especialmente el equilibrio: una masa enriquecida, estilo brioche, con suficiente mantequilla para lograr una miga suave y esponjosa, pero firme para chopear en un buen chocolate caliente. La naranja y el azahar deben encontrarse sin competir, dejando delicadas notas perfumadas que el azúcar termina de redondear.

Hoy miro hacia atrás y pienso en aquella panadera y mamá que no imaginaba hasta dónde llegaría. Mucho ha cambiado desde entonces; yo también he crecido y aprendido, y conmigo ha crecido el amor por lo que hago. Un amor que se transforma, se expande y encuentra nuevas maneras de expresarse. Me gusta creer que algo de todo eso se siente en cada pan que horneamos en Ruba’s, con la ilusión de que llegue a las mesas de nuestros clientes, se comparta en familia y encuentre un lugar especial en sus altares.

Pero para mí, esta tradición ha adquirido un significado todavía más profundo.

Hace dos años mi hermano trascendió de este mundo y hoy es a él a quien le pongo pan de muerto en mi altar. A través de nuestras creencias y tradiciones encuentro una manera de sentirme cerca de él, de honrar su memoria y de mantener vivo ese vínculo que ni siquiera la ausencia puede borrar.

Y cada año, cuando llega esta temporada, me gusta pensar que, de alguna manera, seguimos compartiendo el mismo pan.